Pues resulta que voy toda ilusionada con mi niño al cole por primera vez, pensando que, al igual que en el parque, se va a poner a correr tan contento sin darme ni un beso; y lo que sucede es que, antes de que tenga ocasión de hacerse con el sitio o conocer a su profesora, la mano de ésta aparece tras la puerta de un aula llena de aullidos y, al grito de “¡Que se me escapan!”, trinca al infeliz y lo sumerge en esa sopa infernal. Lo cual, como era de esperar, transforma a un niño sociable e independiente en un ser aterrado que sólo piensa en escapar y aúlla tras la puerta creyendo que lo han traicionado.
Por disciplina me marcho, pero al llegar a la calle he de volver a entrar, y es sólo para ver a través del cristal translúcido de la puerta del aula su manita empujando y arañando, y escuchar su llanto crispado de miedo.
Estoy contando los minutos hasta las doce y media. Si no lo veo feliz o no quiere volver por la tarde o esto se repite un par de veces, lo desescolarizo. Mi hijo no va a ser tratado como un cachivache o una bestia feroz. Al menos, hasta que sepa defenderse.
Ciro
Santiago
Merceditas
José María
Héctor
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